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MESA REDONDA “RAÍCES E IDENTIDAD, 3 ESCRITORES LATINOAMERICANOS EN EUROPA”.

El miércoles 8 de diciembre el Club del Libro en Español de las Naciones Unidas, con la colaboración de la Misión de España ante las Naciones Unidas y los Organismos Internacionales y el Colegio Internacional de Ginebra, ha tenido el placer de presentar, en la Sala XVI del Palacio de las Naciones en Ginebra, la Mesa Redonda “Raíces e identidad, 3 escritores latinoamericanos en Europa”.

Las raíces constituyen ese bagaje oculto que todos llevamos, que siempre nos acompaña y que está íntimamente relacionado con nuestro origen y nuestras costumbres; la identidad, por el contrario, es ese conjunto de rasgos que nos caracterizan y diferencian de los demás. Ambos factores, raíces e identidad, son piezas claves en la forma de entender la vida e interpretar el mundo que nos rodea.

Carlos Franz, Jorge Eduardo Benavides y Juan Gabriel Vásquez son tres escritores latinoamericanos que proceden de tres países distintos, Chile, Perú y Colombia, y que residen en España. Esta situación les ha permitido crear un mundo literario lleno de dinamismo, diversidad y compromiso.

El acto se inició con una breve intervención del Presidente del Club del Libro, Begoña Peris, que dio la bienvenida a los asistentes, agradeció la colaboración del Colegio Internacional y de sus profesores John Deighan y Dolores Robledo y de la Misión de España y de su canciller Juan Cenzual, agradeció igualmente a los diplomáticos y a los escritores su presencia y cedió la palabra, siguiendo el orden alfabético de los países de origen de los tres escritores, primero al Embajador Permanente de la Misión de Chile ante las Naciones Unidas y los Organismos Internacionales, Pedro Oyarce, quien presentó al escritor chileno Carlos Franz, luego a la Encargada de Negocios de la Misión de Colombia ante la ONU y los Organismos Internacionales, Adriana Mendoza, quien presentó al escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, y por último al Embajador Permanente de la Misión del Perú ante las Naciones Unidas y los Organismos Internacionales, Fernando Rojas, quien realizó la presentación del escritor peruano Jorge Eduardo Benavides.

A continuación se inició la Mesa Redonda con la intervención en primer lugar de Juan Gabriel Vásquez, quien comenzó diciendo que nuestras raíces, nuestra identidad nos desautoriza totalmente o bien son un símbolo perfecto de lo que pasa en la literatura de hoy en día, aseveración sostenida por el propio Mario Vargas Llosa en su discurso ante la Academia Sueca del Nobel: “No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país”.

Vásquez explicó que la lengua que crea Latinoamérica es en realidad una lengua que viene de otra parte, tiene otros orígenes, pero nos la hemos apropiado para crear una de las literaturas más fuertes del mundo. La idea de Latinoamérica está en relación directa con lo que otros creen que debe ser Latinoamérica, de forma que durante un tiempo Latinoamérica se parecía a Macondo, al realismo mágico. En la generación de escritores que se sitúa entre la de García Márquez y la mía existía esa clara exigencia de la mirada del otro, que exige que seas de una manera determinada. El primero que lo sufrió fue Rubén Darío. El poeta nicaragüense quería que le reconocieran como poeta y al llegar a París escribió sobre los bulevares, la vida parisina, pero encontró una clara resistencia por parte de los lectores franceses que lo que querían era que les contara las Antillas, la Pampa, el exotismo o lo que ellos creían que era el exotismo, porque tenían una idea preestablecida de lo que tenía que ser un latinoamericano. Este malentendido nos ha perseguido durante todo el siglo XX. Esto no es una queja, sino más bien una loa a la generación del Boom latinoamericano, con autores como Carlos Fuentes, cuya obra, “Muerte de Artemio Cruz”, es una búsqueda de la identidad mexicana. Mario Vargas Llosa realiza un manifiesto de lo que es ser peruano en “La casa verde”, García Márquez escribe sobre la identidad colombiana en “Cien años de soledad”. Nuestra generación tiene la suerte de no sufrir esa persecución, y eso a pesar de que mi tema es principalmente Colombia. Nuestra identidad y nuestros relatos constituyen nuestra conciencia de lo que somos en este siglo XXI, donde las identidades están conduciendo a los nacionalismos, que disimulan odios y perjuicios.

Hay una relación entre relatos e identidad, escribí los “Informantes” sobre la colonia alemana basándome en el relato de una señora colombiana, judía, de origen alemán, cuyo padre, que había llegado a Colombia durante la segunda guerra mundial, estuvo a punto de ingresar en un campo de reclusión colombiano y a cuyos descendientes, todos colombianos, no les interesaba la historia de su madre y abuela. Cuando la volví a encontrar después de la publicación del libro estaba preocupado por conocer su opinión sobre cómo había contado la historia. Me tranquilizó diciéndome que mi libro había permitido que su familia se interesara por sus orígenes y pudiera hablarles por primera vez de su experiencia como emigrante y, curiosamente, cuando ella contaba su historia, lo hacía tal y como yo la había contado en mi libro, de forma que la literatura se convierte en ocasiones en una herramienta de la persona.

Continuó Jorge Eduardo Benavides, quien comenzó diciendo que estos tiempos pasan por un momento de crisis de identidad y que nos encontramos todos inmersos en ese éxodo tan gigantesco y difícil de afrontar, del Sur pobre hacia el Norte bien pensante y rico. Un éxodo que les impulsa a ir en busca del sueño americano, huyendo del infierno latinoamericano. La identidad es un territorio frágil donde pisamos con cautela, porque parece desvanecerse cuando nos acercamos. Este mundo es cada vez más pequeño y cada vez nos movemos más, parecemos esos barcos que tienen la tripulación vietnamita, el capitán polaco y navegan bajo bandera panameña. Es lo mismo que les ocurre a algunas personas cuyo padre es polaco, la madre americana y ha nacido en Perú. Hoy en día esta circunstancia no está reducida a una élite diplomática y viajera, en la actualidad este éxodo se ha invertido, es el éxodo de la pobreza a la riqueza, es uno de los desafíos que tenemos para defender nuestra identidad, hay una necesidad de pertenecer a algo, una identidad de valores es posible pero no resuelve porque hay una cierta disolución identificativa, antes queríamos cambiar el mundo y ahora queremos que no desaparezca. Cuando hablamos de donde somos es más de una ciudad, de un barrio, incluso cuando compartimos la lengua esta se disuelve en un millón de posibilidades, cuando llegué a Tenerife donde hablan más como los sudamericanos, me hice amigo de un uruguayo que trataba de ayudarme con la lengua de forma que cuando íbamos a una tienda a comprar un suéter mi amigo decía pide un jubón y en realidad era un jersey, así que cuando mi madre me preguntaba qué tal estaba y si me sentía integrado, yo le decía no estoy integrado pero hablo uruguayo con bastante soltura.

La identidad se sustenta en el deseo de mantener algo, el problema es cuando la identidad deriva hacia el nacionalismo, los nacionalistas son gentes que se sienten atacados, se justifican por sus enemigos, mientras que el sentimiento de identidad siempre incorpora, siempre abarca, no descalifica a los demás.

Identidad y raíces es un desafió, hay que dejar algo mejor, es un acto de fe lo que nos aporta dónde hemos nacido y el sitio donde vivimos. El ser humano tiene una necesidad de pertenencia a algo. Todos vivimos en contradicciones fragantes sobre lo que somos, el concepto de identidad hay que ampliarlo a lo que somos y lo que es imposible es que no se filtren términos propios del sitio donde hemos nacido y eso es enriquecedor, no es un problema es una constante tener que salir de nuestros países para entenderlos mejor. Hemingway decía que no se puede escribir sin conocer.

Carlos Franz inició su exposición explicando que nació en Ginebra donde su padre diplomático trabajaba en la Misión de Chile ante las Naciones Unidas, pero se siente y es chileno.

Cuando hablamos de raíces e identidad parece que estuviéramos tocando dos puntos de distintos temas, cuando en realidad son casi lo mismo por esa necesidad de definir lo que somos, donde nacimos, la sociedad donde nos asociamos llegando a amar y a odiar. El escritor José Emilio pacheco en “Alta traición” empieza diciendo “No amo a mi patria pero aunque suene mal decirlo daría la vida por diez lugares suyos” (lugares que a continuación enumera). En ocasiones reducimos el problema de las raíces al nacionalismo y si se refiere a la identidad o no. Esta preocupación sobre la defensa de la identidad por algunos escritores desveló a Borges, para él, no era fácil ser argentino, en Cambridge lo solucionó diciendo que toda la cultura occidental nos pertenece con el mismo derecho que a los otros y que nos da la ventaja de que la lateralidad nos permite cambiarla lo que es una opción política. Los escritores más bien reclaman el derecho de la cultura de donde venga sin tener que representar a un país en concreto.

Es curioso que la mayor parte de los escritores latinoamericanos han escrito sus grandes obras sobre la identidad viviendo en el extranjero, he podido comprobar que esta leyenda es cierta, la distancia le da perspectiva al escritor, Octavio Paz en “El laberinto de la Soledad” escrito en 1950 en Estados Unidos, se ocupa de la identidad de ser mexicano y con una clara premonición del modernismo, zanja el tema diciendo: “ahora podemos concluir que ser mexicano es igual a todos los hombres porque todos somos huérfanos, y contemporáneos de todos los hombres”.

Neruda puede pasar por ser uno de los mejores representantes de las esencias chilenas y americanas. Si tomamos un fragmento del “Canto general”, escrito en México en 1950, canto dirigido a la historia entera del continente americano, en la parte en la que sube al Machu Picchu y llama al que quedó bajo las rocas, en una lectura ideológica se pretende que era el rescate de los pueblos indígenas sojuzgados, pero en realidad se refería a los esclavos de los Incas que habían construido la ciudad. Esto ha desvelado a los escritores latinoamericanos pero difiero de Juan Gabriel Vásquez porque las demandas de identidad vuelven por sus fueros y se espera de los escritores una respuesta. Hace 12 años en Palma de Mallorca en una charla organizada por Bryce Echenique, en medio de mi ponencia entraron dos señoras vestidas de Mapuches que se quedaron en la sala y, durante el coloquio, en el turno de preguntas la mayor levanta la mano y me dice: “Así que usted, que ha nacido en Ginebra es chileno. Me parece muy raro porque chilena soy yo que he nacido en Chile y soy Mapuche. Entonces en esa rebelión que se produce cuando alguien trata de negar tu propia identidad le expliqué que cuando yo nací en Ginebra, el doctor que atendió a mi madre a los dos días le dijo: Señora, ahora estamos tranquilos porque su hijo no tiene nada malo. Mi madre sorprendida le dijo: ya sé que está en perfecto estado de salud, no entiendo cuál era su preocupación. Señora estábamos preocupados porque tiene una mancha azul en la base de la columna. Hemos llamado al genetista porque es la mancha genética mongólica. ¡Ah¡, contestó mi madre, eso debe ser por mis orígenes noruegos, debe ser de los lapones. Pero cuando mi madre se lo cuenta a mi padre éste le dice, no es por ti, es por mi familia Núñez que vivían en Talagante y que durante generaciones se habían mezclado con los indígenas. Todos en la familia, incluso yo, tenemos la mancha azul en la columna hasta la edad de 9 años, edad en la que la mancha desaparece. Esto es un claro ejemplo de cómo raíces e identidades se cruzan, se anudan y el producto son estas literaturas.

De izq. a der.: Carlos Franz, Isabel Aviles (Vicepresidenta del Club del Libro), Jorge Eduardo Benavides, Juan Gabriel Vásquez,
Adriana Mendoza (Encargada de Negocios de la Misión de Colombia), Begoña Peris (Presidenta del Club del Libro)
y Fernando Rojas (Embajador Permanente de la Misión del Perú).
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