<ACTIVIDADES / DIARIO >

“EL USO Y LA IMPORTANCIA DE LAS LENGUAS MATERNAS HOY EN DÍA”

La mesa presidencial formada por Kirmen Uribe, Nicolas Tate, Javier Garrigues, Begoña Peris y Manuel Rivas (Foto: F. Guillarón)
Vista parcial del público presente en el coloquio (Foto: F. Guillarón)
Kirmen Uribe recitando uno de sus poemas (Foto: F. Guillarón)
Manuel Rivas durante su recital poético
(Foto: F. Guillarón)
Kirmen Uribe responde a las preguntas del público (Foto: F. Guillarón)
Manuel Rivas responde a las preguntas de la audiencia (Foto: F. Guillerón)

El Club del Libro en Español de las Naciones Unidas, en colaboración con el Colegio Internacional de Ginebra y la Misión de España ante las Naciones Unidas y los Organismos Internacionales, ha inaugurado el nuevo año 2011 con el Coloquio “El uso y la importancia de las lenguas maternas hoy en día”, en el que han intervenido los escritores Manuel Rivas y Kirmen Uribe y que ha tenido lugar el martes 9 de febrero, en la Sala XX, (Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones).

El coloquio reunió a dos poetas, Manuel Rivas y Kirmen Uribe, quienes recitaron en español y en sus lenguas maternas, el gallego y el euskera respectivamente, algunos de sus poemas acompañados con el lenguaje universal de la música clásica, por el concertista de guitarra Manuel Osorio. Este evento, primero del año 2011 en la densa agenda cultural del Club del Libro en Español de las Naciones Unidas, pretendía abordar “El uso y la importancia de las lenguas maternas hoy en día” y fue una verdadera comunión cultural, celebrada bajo la cúpula de Miquel Barceló, en la Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones de la sede de las Naciones Unidas. Tras las palabras de acogida del Embajador de España ante la ONU en Ginebra, D. Javier Garrigues, quien destacó la pluralidad lingüística y cultural de España, intervinieron el Director General del Colegio Internacional de Ginebra, D. Nicolas Tate, que acoge alumnos de 125 nacionalidades y 99 lenguas maternas diferentes, y Da Begoña Peris, Presidenta del Club del Libro en Español, quien recordó el papel esencial que juegan las lenguas maternas en la forma de pensar, en la predisposición al aprendizaje de otras lenguas y en el acercamiento entre culturas.

A continuación, el numeroso público que acudió a la colorida Sala XX de la ONU, expectante ante la calidad de los invitados, quedó atónito ante el recital poético y musical que ofrecieron Kirmen Uribe, Manuel Rivas y Manuel Osorio, adelantándose hacia el centro de la sala, como en un intento de alcanzar el centro de gravedad del universo, en un mano a mano artístico original, pausado, respetuoso y aleccionador.

Uribe inicia su intervención contando la anécdota de una persona que le hizo observar que el euskera utiliza mucho la letra X y que “si te fijas en las X de cualquier texto euskera, el resto se diluye en líneas continuas entre esas X, convirtiendo el euskera en un mapa del tesoro”. ¡Qué mejor forma de recordar que cualquier lengua es un tesoro! Uribe recita en castellano su primer poema —un poema de amor ambientado en la espalda desnuda de una mujer, cubierta de lunares como las constelaciones estelares del universo— antes de recitarlo en euskera, acompañado a la guitarra clásica por Manuel Osorio. Jamás hubiéramos podido imaginar, quienes no tuvimos oportunidad de aprender el euskera, que esta lengua pudiera ser tan melodiosa. Nada de equis (x), ni de te-equis (tx), ni de kas (k); sólo musicalidad y armonías en los versos de Uribe recitados por él mismo. Mientras tanto, Manuel Rivas, sentado en un segundo plano, mueve ligeramente la cabeza, absorta, con los ojos cerrados y las manos juntadas, como en un rezo íntimo bajo la cúpula celeste. Una cúpula que él ve, desde su perspectiva siempre singular, como “un fondo marino”, a modo de contrapunto para enlazar con las palabras del poeta portugués Miguel Torga, “lo universal es lo local sin paredes”, condensando en una fórmula la importancia de las lenguas maternas, originales, locales, íntimas, y la necesidad de quedar siempre abiertos a lo demás, más allá de las fronteras lingüísticas, culturales, étnicas, raciales.

Rivas recita su primer poema, “A negra terra”, en gallego, dando a ver de inmediato que no es necesario compartir lenguas maternas para poder entenderse y comprenderse. El mensaje del segundo poema de Uribe, anclado en sus recuerdos de niño que recogía pájaros heridos en la playa y los calentaba en casa sin jamás poder salvarlos, apunta a que, “algunas veces, el idealismo mal entendido puede crear víctimas”; los paralelismos tácitos gritan más que las palabras, cubriendo el estallido de las bombas. El punto álgido de la noche llega con la siguiente recitación de Rivas, recordando a su abuelo carpintero, silencioso y taciturno desde que, “sorprendido de estar vivo, por estar a punto de morir un día del 36”, siempre se limitó a contestar “boh...,boh, boh..., boh”, frente a la locuacidad de su otro abuelo campesino, que “parecía que iba a despegar” de tanto hablar. Una relación peculiar con el lenguaje, forjada por las experiencias que da la vida, en este caso la de su abuelo silencioso; y una interpretación íntima y fervorosa por el propio autor, de su poema titulado “Boh”, que no tarda en ponerle un nudo en la garganta a buena parte del auditorio. Ante la pureza del verbo poético, las puertas dejadas abiertas por ambos autores, todos somos ya también vascos, también gallegos, sin necesidad de alejarnos de nuestras lenguas maternas, de nuestra identidad.

El tercer turno del recital poético tampoco defrauda: Uribe recita un poema a su hijo —“del que no soy padre biológico y al que conocí con 13 años”, nos cuenta—, titulado “Nacer”, en el que relata el encuentro con ese hijo al que acoge y al que le dice cosas como, “Naciste a mis ojos así, con trece años, frente a una pizza/

[...]/ Sólo te diré que tú, hoy, has nacido de verdad para mí”.

Cierra el recital Manuel Rivas, contando el trágico “tres gitanos” asesinados durante la guerra civil española, cuya muerte jamás fue investigada y cuyas defunciones aparecen en el registro bajo la mención “murieron por hemorragia interna”; un poema desgarrador, modulado por la voz del propio Rivas, acompañado a la guitarra con una obra clásica perfectamente acompasada: vivimos la escena del crimen, el desconcierto, la locura que precede los tiros, y la muerte; “están en el limbo del cementerio, en tierra de nadie; eran gitanos, de oficio cesteiros.” Acabamos de presenciar uno de esos instantes tan poco frecuentes que se convierten en extraordinarios: la conjunción de un lugar, de un momento y de una expresión artística, bajo la forma del recital poético a dos voces y una guitarra. Cuesta pasar al turno de preguntas hechas desde la audiencia; nos gustaría quedarnos en silencio, cerrar los ojos y juntar las manos, imitando la actitud de Rivas hace ya casi una hora. Lenguas; maternas; puertas; abiertas. Quedamos encantados ante tanta serenidad, se respira autenticidad, respeto hacia lo propio, respeto hacia lo ajeno. Que cunda el silencio, por favor, que cunda el silencio. Que dure el instante; que siga sonando la última nota, la última sílaba del poema. Casi nos olvidamos de que las lenguas denominadas cooficiales —catalán, mallorquín, valenciano, gallego, bable, y vasco— son utilizadas permanentemente —y especialmente en los medios de comunicación, en boca de políticos, deportistas y demás personajes públicos, con una carga de distanciamiento autoritario, de nacionalismo inoportuno, de independentismo soberbio y burdo. Sin embargo, Kirmen Uribe y Manuel Rivas crearon y ofrecieron, de la manera más natural y apropiada que se pueda concebir, desde el respeto y la humildad de quien sabe quién es, de dónde viene y a dónde va, un espacio en el que las lenguas, sus lenguas maternas, fueron por un instante las de todos, compartiendo con el auditorio las riquezas, todas, de esas sus lenguas a las que nos acercaron, como manos tendidas, barcos surcando el mar en busca de un más allá, puentes que sí deseamos atravesar. En este mismo sentido, tras una intervención espontánea de Manuel Álvarez en gallego, contestaron los protagonistas a las preguntas del público, comparando la escritura, en cualquier idioma, a “una forma de andar”, titubeando como lo hacía “el vagabundo Charlot”, como si no supiera a dónde va, pero llegando siempre a algún lugar; dejando libre la interpretación que quiera darle un lector o un oyente, ya que, según Manuel Rivas, “las líneas son una autopista al escribir, pero al leer ya no son rectas, sino un sendero por seguir”.

También defendieron la densidad del lenguaje, comparando la representación iconográfica, en forma de escritura, a los bultos que llevaban, hace algún tiempo, las mujeres en la cabeza: cosas buenas, esenciales, vitales; palabras que no deben quedar huecas. No faltó la función testimonial del lenguaje y de la escritura, que convierte la literatura en “hablar cuando te dicen que no se puede hablar; ver cuando te dicen que no se puede mirar”. Por eso, estos dos autores españoles, como muchos más, haciendo gala de su poliglotismo, de su diversidad y complementariedad, escriben en sus lenguas maternas, sin renegar del castellano, sino por “querer contar, comunicar desde esa lengua”, alimentando la diversidad y riqueza lingüística, para que, “simplemente, tu cultura siga viva”. Bajo la cúpula de la sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones de la sede de las Naciones Unidas en Ginebra, el pasado 9 de febrero, lo universal consiguió ser lo local sin fronteras.

Miguel Rodríguez-Mundo Hispánico.

Página principal de actividades