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LA NOVELA NEGRA, UNA VISIÓN ESTÉTICA DE LA VIOLENCIA

El Club del Libro en Español de las Naciones Unidas, en colaboración con el Colegio Internacional de Ginebra, tuvo el placer de presentar el 5 de abril en la Sala IX del Palacio de las Naciones, al escritor mexicano Élmer Mendoza Valenzuela, quien dio la conferencia “La novela negra, una visión estética de la violencia”.

Élmer Mendoza, nacido en Sinaloa, Culiacán, México, narrador y dramaturgo, está considerado como una de las voces más importantes de las letras mexicanas y uno de los maestros indiscutibles de la novela negra y dentro de ésta, de la literatura del narcotráfico. Profesor en la Universidad Autónoma de Sinaloa, es un incansable promotor de la lectura y de las instituciones culturales; es el creador de siete grupos de formación de escritores que coordina en otras tantas ciudades del país.

Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, de él se ha dicho que es uno de los dos escritores mexicanos, junto con Juan Rulfo, que ha elevado a categoría estética el lenguaje, al punto de hacerlo protagonista. Según el crítico mexicano Federico Campbell “Élmer Mendoza no sólo es el primer narrador que recoge con acierto el efecto de la cultura del narcotráfico en nuestro país, sino que es un autor que ha efectuado una aguda y vivaz exploración lingüística de los bajos fondos mexicanos que ha convertido en rigurosa materia literaria”.

Arturo Pérez Reverte, novelista y académico español, dice de él "es mi amigo y mi maestro. La Reina del Sur nació de las cantinas, del narcocorrido y de sus novelas”.

Élmer Mendoza inició su conferencia hablando sobre los orígenes de la novela negra, género que surge en los Estados Unidos durante la primera década del siglo XX como una variante de la novela policíaca. En sus inicios se publicaba en periódicos y revistas siendo considerado como un género menor. En la actualidad, la novela negra es uno de los géneros literarios más vivo, dinámico y uno de los más leídos en el mundo, además de retratar en muchos aspectos el tejido social en el que vivimos. Cada sociedad engendra sus delincuentes y ellos dan información del tipo de sociedad a la que pertenecen. Es una realidad que las sociedades también se definen por los crímenes que se cometen en ellas, por eso es tan valiosa la novela negra, ya que cuando conocemos la de cualquier país, tenemos una idea de cómo opera, cómo se maneja ese país, y de forma bastante aproximativa, cómo es su tejido social.

A diferencia de la novela policíaca, en la novela negra el detective pertenece al mismo ambiente que el criminal, se enfrenta a él pero con sus mismos métodos; muestra la violencia oscura de las calles, los trasfondos del mundo de la política, los negocios en el hampa, siempre dentro de las líneas más clásicas del realismo. El eje de estos relatos está centrado en la acción, predomina una atmósfera asfixiante, hecha de humo denso, cargada de miedo, violencia, corrupción, e injusticia, a veces las diferencias entre el bien y el mal son bastante difusas, siendo muy ambigua la línea divisoria entre representantes de la ley y criminales. Sus protagonistas suelen ser personajes variopintos, mujeres fatales, individuos en decadencia que sienten la necesidad imperiosa de desentrañar un misterio. Los crímenes se basan en las debilidades humanas como la rabia, las ansias de poder, la envidia, el odio, las pasiones, etc. El lenguaje utilizado es muy crudo, y se suele dar más importancia a la acción que al análisis del crimen.

En la novela negra lo más importante es, por un lado, la descripción de la sociedad en la que evolucionan y nacen los criminales y, por otro, la reflexión sobre el deterioro ético y moral, pero lo realmente fundamental en la novela negra es que el autor logre que el lector se identifique con el protagonista, con ese antihéroe que expresa un punto de vista humano, ético y social dentro de un universo amoral. Se suele decir que en la novela negra lo accesorio no existe.

Se puede considerar que existen cuatro tipos de novela negra: la primera la que tiene al detective como protagonista, la segunda la que está enfocada desde el punto de vista del criminal, la tercera la que lo hace desde el punto de vista de la víctima y, por último, la cuarta la que se enfoca desde el punto de vista del juez. Además de esta clasificación hay distintos tipos de novela negra no sólo la del narcotráfico, sino esa novela negra que está haciendo furor entre la gente joven y que mezcla en su entramado la fantasía y la ciencia ficción: son las novelas de vampiros que se incluyen de pleno derecho dentro del género negro.

El motivo que me ha llevado a escribir sobre el narcotráfico es un motivo de contexto o de destino, dijo Mendoza, “vivo en Culiacán, Sinaloa y desde que me acuerdo he escuchado hablar del tema y aunque a mí no me interese o no forme parte de mis preocupaciones habituales, he visto que es parte de los sueños de los jóvenes, de las preocupaciones de los viejos, del placer de los policías, es decir el tema me busca, me sitúa en un contexto, está ahí conmigo y sale natural. La necesidad de expresar cosas sobre mi realidad hace que aparezcan temas reales que tienen que ver con el narcotráfico. Para crear un personaje y darle cuerpo, leo la prensa, elijo un muerto como referencia y luego tomo de la realidad muchas cosas, muchos aspectos que veo y escucho y a los que voy añadiendo algunas otras que yo imagino que le pueden ir bien y que tienen que ver con la manera de ser de la gente de donde yo vivo, de donde crecí, sobre todo con su forma de ver y enfrentar los eventos importantes de la vida. En mi narrativa la realidad y la ficción van de la mano: Para hacer un cuento tengo que crear y simbolizar, la ficción es muy rigurosa porque toma materia prima y la transforma de tal suerte que queda irreconocible”.

Élmer Mendoza explicó que en Sudamérica ciertas clases sociales ven en el narcotráfico la única vía para conseguir el sueño de ser millonarios, de forma que esta actividad se convierte en una de las maneras más efectivas de vivir con dinero. No podemos decir que se vive bien, porque es una vida muy tensa y difícil, pero por lo menos hay dinero o existe la opción de adquirirlo. Los mexicanos solemos decir que la vida no vale nada, pero los narcos tienen una frase sensacional que dice: “más vale vivir cinco años como rey que cincuenta como güey”, siendo esta última expresión el símbolo del trabajo duro y mal pagado.

La admiración que despierta el narco es resultado de una de las costumbres más arraigadas de la pequeña burguesía sin ética mexicana, admirar el dinero venga de donde venga. En un país donde la pobreza es criminalizada, el rico y ostentoso es digno de respeto. Los propios narcos no permiten que cualquiera se dedique a esto, este es el origen de los territorios, de las bandas y de sus sistemas de captación y aceptación de personas. No podemos decir que es normal ni cómodo porque la otra parte de la sociedad quiere hacer su vida pacíficamente, pero están ahí y no podemos ignorarlo.

El narcotráfico ha generado una estética, la narco, y a la vez ha originado una serie de conceptos y de manifestaciones que podemos llamar “narcocultura”, como por ejemplo, el estilo de vida, la música, donde los “narcocorridos” que describen la vida de los pobres, de los indigentes que buscan el poder por medio de la violencia, han sustituido, como representación nacional, a la música de los mariachis. Esta estética se extiende también a la plástica, la danza y la literatura.

En las artes plásticas destacan las mujeres como Tere Margolles y Rosy Roura, cuya obra se caracteriza por la agresividad, por la forma cruda y descarnada con la que juegan con las emociones del espectador, para demostrar su desaprobación por los homicidios y la mortandad. Teresa Margolles, una de las artistas contemporáneas más importantes dentro y fuera de México, realiza muchos de sus montajes fotográficos, videos e instalaciones utilizando cadáveres humanos, de animales y fluidos corporales. Un ejemplo es el montaje que realizó en 2009 en la 53 Bienal de Venecia, donde presentó una serie de telas impregnadas en barro y sangre de sitios de México donde se habían encontrado personas asesinadas. Las telas se humedecieron y el líquido que goteaba era recogido y luego utilizado para “limpiar” el suelo de las salas de exposición. La limpieza era realizada por familiares de las víctimas. Incluso delante de la Muestra sustituyó la bandera mexicana por una de estas telas. Era imposible permanecer impasible, no sentirse impresionado. Esta forma de afectar la realidad, de intervenir en lo que serían los instrumentos políticos para que tratasen en un momento dado de resolver este asunto del narcotráfico, se da también en la danza pero no en la literatura. El propio Élmer Mendoza trata de que sus textos se liberen de su carga moral, de manera que sean los lectores los que saquen sus propias conclusiones. Aunque parezca una contradicción, he comprobado que entre mis lectores figuran cada vez más policías, magistrados y militares. En resumen, la estética de la violencia es una postura artística para que los lectores del mundo experimenten lo que vive la gente de la calle en México. Ahora los artistas hemos encontrado un lenguaje que, aunque limitado a la hora de trabajar los efectos de la violencia, nos permitir compartirlo con todos los artistas de todas las disciplinas que están implicados y con el mundo, y esa es precisamente lo que le ha dado fuerza.

Élmer Mendoza sostiene que escribir sobre la violencia no le causa problemas aunque le acusen de señalar algunas de las heridas más putrefactas de la sociedad de nuestro tiempo, porque el caso es que vivimos en una región y en una época donde las formas de delinquir tienen que ver con eso. Tampoco le molesta que le clasifiquen como un “narco escritor”, porque considera que es una forma de que los lectores le identifiquen, aunque insiste en decir que en sus libros "hay muchas cosas" aparte de referencias al narcotráfico, como por ejemplo el humor. Lo que quiero realmente es compartir historias humanas que toquen el hecho de estar vivos y que causen un efecto en el lector. Tampoco teme que el tema tan recurrente de la violencia, termine por cansar a sus seguidores: “Yo creo que sí puede llegar a cansar, pero siempre hay fieles. Por ejemplo, la gente no se cansa del rock, es algo que se rehace así mismo, y con la literatura sucede lo mismo. El tema es importante, pero los escritores trabajan en el manejo del lenguaje, de los ritmos narrativos, de los cortes de planos, o temático. Nadie podrá evitar que los escritores de México toquen el tema de la violencia, porque es como el amor o la muerte: un tema”.

La aproximación que hace Mendoza del mundo del narcotráfico no corresponde a la idea europea que lo asocia a las drogas y a la delincuencia. Él nos muestra que en América Latina va más lejos, manifestándose en diversos campos artísticos como la música, la televisión, la literatura, las artes plásticas, la política, etc.

“Soy escritor más bien en relación conmigo mismo que con el mundo, lo que quiero es contar son mis historias y compartir esas historias humanas que tocan, en primer lugar el hecho maravilloso de estar vivos, y si a partir de la lectura de una de mis novelas alguien llega a la conclusión de que la sociedad está podrida y sería bueno cambiarla pues ese sería un efecto, uno de los tantos que mis novelas pueden provocar. Creo que en gran parte el éxito de mis libros, de su amplia aceptación, es que el lenguaje que utilizo en mis novelas es una mezcla de lenguaje culto y lenguaje popular, de argot. Parto del lenguaje callejero, del lenguaje que no tiene a veces mayor explicación que la arbitrariedad. Los de Culiacán somos culiacanenses pero la acepción indígena es culichi. El habla culichi se forma de indigenismos, anglicismos, y algunas expresiones que se transforman por el uso cotidiano, que son mezclas y cuya fuerza también radica en los matices de sus tonalidades. Es un lenguaje que sale básicamente de la calle. Al principio me gustaba mucho desbocarme pero ahora creo que me auto-regulo lo suficiente”.

La utilización del lenguaje popular en las novelas es una costumbre que se remonta en el tiempo. Cuando Dante escribió La Divina Comedia en italiano, decidió incluir lenguaje popular. Sus amigos le decían que no lo hiciera, que ese lenguaje no le llevaría a ninguna parte, por eso tardó 12 años en publicarla. En cuanto a la utilización de lenguaje popular, tengo dos maestros españoles Cervantes y Quevedo. También Shakespeare, en Hamlet usa palabras que son expresiones callejeras y que sólo tienen una función poética, a veces solo se trata de reproducir sonidos, el significante y no el significado y eso me gusta muchísimo. Esos genios de la literatura me muestran que todo tiene un límite y que el lenguaje es representatividad y que es algo mucho más profundo que simplemente la utilización de una palabra, creo que es la expresión también de un perfil cultural.

Su primera novela policíaca fue “Balas de Plata”. En ella Élmer Mendoza crea el personaje del Zurdo Mendieta, un policía sinaloense que será el encargado de investigar el asesinato de un abogado. El Zurdo sabe muy bien donde trabaja, cuáles son las fuerzas que pueden estar en contra y a favor usándolas para sobrevivir. El Zurdo no quiere enfrentar a los narcos, tampoco quiere ser parte de ellos, pero los usa. Mendieta tiene que estar muy consciente de la realidad en la que le toca operar y entonces ahí a veces tiene que haber un acuerdo, una convivencia con los mismos malos que no siempre está muy clara. En esta novela Mendoza nos sumerge en un México áspero y rudo donde no es bueno ni vivir ni morir, un México alejado de las postales y de las playas. El autor nos introduce en una ciudad de la frontera americana a la vez limpia y corrompida, una ciudad sin fe, ni ley, pervertida por el dinero sucio de las drogas, donde la violencia aparece en cualquier esquina. El libro es un testimonio de la transformación radical que ha sufrido el país en una docena de años y de un México convertido en una pieza importante del tráfico de cocaína entre Colombia y los Estados Unidos. “Balas de Plata” está escrito con un estilo nervioso e incisivo, un lenguaje moderno que logra un magnífico equilibrio entre una elegancia natural, un humor corrosivo, y un ritmo endiablado que suscita y retiene el interés del lector que se ve envuelto por una corrupción endémica que gangrena todo a su paso y por la muerte. El autor nos ofrece con esta obra una mirada tierna sobre ese país que es el suyo y que ama tanto.

El Zurdo Mendieta vuelve a aparecer en su última novela, La prueba del ácido, que publicó en noviembre de 2010. Quince días más tarde se habían vendido los derechos para la traducción alemana y en enero de 2011, para la edición italiana.

Durante el diálogo que se estableció al final de la conferencia entre el público asistente y el escritor, Élmer Mendoza en respuesta a la pregunta de ¿cómo veía a nuestra lengua? Dijo “Creo que el español es una lengua muy fuerte de la que tenemos que sentirnos orgullosos. Orgullosos en el sentido de que es una lengua que está viva, y que está siempre generando expresiones nuevas, algunas de ellas no sobreviven, pero otras sí. A veces me da grima que no sea más importante, y creo que no lo es porque a nuestra lengua, para tener la consideración que se merece, le sobran algunos complejos, nuestros libros más vendidos siguen siendo traducciones, algo que no ocurre en Reino Unido, Estados Unidos o Alemania, tenemos que reforzar nuestra identidad y para ello tenemos que impedir que en países como España que han llevado el español por el mundo se bloqueen las renovaciones”.

A la pregunta de uno de los asistentes de cómo había decidido ser escritor y dejar la ingeniería, Élmer contestó que es un asunto de vocación. Creo que los escritores, y probablemente la gente que desarrolla actividades artísticas, tienen un gen del que es muy difícil huir, ya que siempre hay algo interno que te está induciendo a ejercer la escritura. Yo fui a una escuela de ingenieros y ejercí mi carrera, pero había eso que no me dejaba dormir, me inducía a escribir. Entonces como soy hombre de decisiones definitivas un día dije: “voy a ser escritor”. Y así fue el asunto, asumí ser escritor como destino, y cuando tú haces eso es como un acto religioso: tienes que dejar cosas, y lo hice. Yo puedo hacer otras cosas, en las que seguramente me iría bien; pero sucede que tengo el gen y es un gen muy fuerte.

Élmer Mendoza dijo que “Todos los lectores tienen la obligación de proyectarse en lo que están leyendo, si la lectura vale algo es por su capacidad de estimular nuestra curiosidad y reforzarnos ante los misterios que se nos presentan. El peligro del best-seller es que te lo dan todo y quien quiere todo en asuntos de lectura, está perdido”.

El escritor, Élmer Mendoza Valenzuela, dando su conferencia (Fotos: F. Guillarón)
Vista parcial de la sala y los asistentes a la conferencia (Foto: F. Guillarón)
El escritor Élmer Mendoza leyendo un fragmento de su libro "Balas de plata" (Foto: F. Guillarón)
De dcha. a izqda.: la esposa del escritor, Élmer Mendoza, John Deighan, Begoña Peris, el Embajador adjunto de Ecuador, Mirta Nordet y Mari Carmen Celaya (Foto: F. Guillarón)
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